Lady Caroline. Prólogo.

Lady Caroline
Prólogo
Sobresaltado y con el corazón en un puño, se recostó sobre la cama a medio destapar. Encendió la lamparilla de gas que le acompañaba en las noches sin electricidad y miró a su alrededor. Con la frente todavía bañada en sudor se levantó cuidadoso de no hacer ruido para no despertar a Caroline, que dormía pataleando en sueños cuan fiera salvaje. Se acercó al baño, se lavó las manos y se refrescó la cara. Luego, se analizó durante unos minutos frente al espejo. En sus ojos se reflejaba una sombra oscura que enmarcaba toda su mirada; en su cabellera, despeinada, ya no quedaba nada de esa melena dorada y brillante, y las manos que frotaban su cara eran ahora ásperas y huesudas.

Por fin se decidió a regresar al oscuro desván convertido en un improvisado dormitorio. Corrió las cortinas, que escondían un mugroso ventanal, y observó largo y tendido a través del cristal. Era una noche poco estrellada, aunque algunas constelaciones se dejaban ver a través de esas nubes grisáceas y negras que viajaban rápidamente de un lado a otro por el cielo. Allí, en lo más alto de la noche, se encontraba una enorme luna de papel que alumbraba la totalidad de la ciudad.

Volvió a sonar la sirena de alarma por segunda vez en una hora. Thomas vio correr a una multitud de mujeres aferrando a sus bebés contra el pecho, envueltos en mantas de recién nacido, y sus hijos e hijas, todos niños de entre dos y cinco años, agarraban con fuerza las manos de sus madres intentando con insistencia seguirles el paso. El grupo seguía a zancadas a varios soldados que vestían de negro y que parecía no iban armados. A la calle principal salían desfilando los hombres que los soldados habían ido, puerta por puerta, reclutando. Thomas se puso unas viejas botas, envolvió en un pañuelo un par de panes y se aprovisionó un poco de agua y vino. Después se acercó a Caroline y ocultando entre las manos frías de la muchacha un roído colgante de metal, le dio un beso de despedida en la frente. Volvió a acercarse a la ventana y, con la respiración entrecortada, esperó a que fuera su puerta la que sonase.

Bárbara Des Bois
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