Que empiece la función




Se levantó enérgica y con aire muy risueño, aunque tenía los brazos engarrotados y las manos temblorosas balanceaban sutilmente el vaso de agua que acababa de alcanzar para llevarse un trago a la boca de buena mañana. «Vaya», pensó. Era el último trago de whisky que le quedaba de la noche anterior. Se había ido pronto a dormir con un placebo en la mesita junto a la cama. Estiró los brazos, el tronco, las piernas. Movió la cabeza hacia ambos lados; arriba, abajo. Respiró hondo y se levantó. Más que un respiro fue un suspiro de emoción contenida.

Como cada mañana, fue al baño y se cepilló los dientes mientras el desayuno se preparaba en la cocina. Esta vez no se metió precipitadamente en la ducha; quería tomárselo con calma. Salió a desayunar aún en pijama y se echó en un bol un puñado de cereales que le cundieron más de lo habitual. Un par de tilas, y a la ducha. El agua casi ardiendo le recorría la espalda lentamente. No la notó. Al salir, se secó con cuidado. Miró el reloj. 9:30am. «Voy bien». Buscó en el armario qué ponerse. No quería que aquel día fuera diferente para no ponerse demasiado nerviosa. Decidió ir normal, que no pareciese que era demasiado importante. Debía sentirse cómoda y ella misma. Ropa interior negra, unos vaqueros, una blusa sobria, como ella. Guardó en la bolsa unas medias blancas, a juego con el maillot rosa palo y su viejo tutú blanco roto. Y sus puntas, sus maravillosas puntas, aún ensangrentadas por los últimos ensayos.
Salió de casa, anduvo sin prisa pero sin pausa no fijándose demasiado en el paisaje cotidiano que la acompañaba. Solo veía su camino, en línea recta. Llegó a su destino con mariposas en el estómago. La llevaron de aquí allá en busca de su camerino. Había otras chicas; ser veterana era una ventaja tranquilizadora, excepto cuando una más nueva y más joven parecía saberlo todo mejor que ella misma. «No pasa nada».

Esperó horas. Una, dos, quizás tres. Llamaron a dos; primero una, luego la otra. Vuelta a esperar. Casi otra hora más. Cuanto más tiempo pasaba, más emoción contenía. Era contradictorio querer que llegara el momento deseando que no llegara nunca. «Por favor, por favor, que todo salga bien». Y llegó. La llamaron por su nombre. De repente, todos los nervios acumulados recorrieron un circuito a mil por hora del estómago a la garganta, de la garganta al estómago, y vuelta a empezar. Respiró hondo cinco veces. Un, dos, tres. Cuatro, cinco. Y seis veces. Y siete. 

—Adelante.

Las piernas le temblaban. Las manos eran incontrolables. La respiración entrecortada. Y en la sala, retumbaban los latidos acelerados del corazón. Empieza la función.

Era consciente de todo lo que hacía, y se daba cuenta tarde de sus fallos. «¡Ay!». Controló sus nervios, era la única manera de conseguirlo. Respiró hondo y siguió su marcha, de un lado a otro del escenario. Pliegue. Salto. Vuelta. Recoge con cuidado y... fin.

No hubo aplausos. Los jueces la miraban; serios, estrictos; sin demostrar ningún tipo de emoción en el rostro. «No tienen sangre».

Dos fallos. Tres, cuatro, cinco. Quién sabe. Una vez más había demostrado ser más humana que el resto de mortales. Parecía imposible alcanzar la perfección y ser de esas bailarinas que arrancan lágrimas, sonrisas y aplausos en una misma persona. Como en las películas. Se esforzaba, lo hacía bien, pero no llegaría muy lejos.

Los jueces abandonaron el patio de butacas reservado exclusivamente para ellos. Subieron al escenario y las reunieron a todas:

-Pasa. Usted sí. Usted no. 


Se detuvieron ante ella. «Pasa, pasa, pasa».

—Pasa.

Un salto de emoción se adelantó a la sobriedad protocolaria que correspondía. Por fin. Lo había conseguido, después de tanto luchar. Y después de tanto luchar, seguía siendo humana. Y había más gente a su alrededor que sabía que lo había hecho mejor. Otra vez, el éxito compartido. Pero, al fin y al cabo, el éxito deseado.

Bárbara Des Bois
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